Publicado en Remenbering

Desconfiados por sistema!

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“Las personas que ven gato encerrado en todo, están siempre intranquilas y no pueden vivir con alegría”

Antonio Fuentes

De continuo nos encontramos ante situaciones en las que el exceso de confianza puede convertirnos en víctimas de estafas o de engaños. Hay que permanecer alerta, nos dice nuestro instinto. No hay que fiarse de nadie. La sospecha es la mejor compañía para transitar por una sociedad donde el embuste no sólo prolifera, sino que incluso está institucionalizado por los poderes políticos y económicos que recurren a él para imponerse sobre los manipulados ciudadanos. En un mundo de pícaros, adjetivos como confiado y panoli son sinónimos. Sólo el ejercicio permanente de la desconfianza, tan bien valorada como actitud intelectual imprescindible, puede protegernos de las trampas que nos tienden los otros.

Pero la misantrópica consigna de «piensa mal y acertarás» aplicada como norma en toda circunstancia, más que pertrecharnos de defensas, nos ocasiona daños. Contra lo que pueda suponerse, ser suspicaz no es rentable.

Imaginemos a alguien que pone en duda la veracidad o la rectitud de todo cuanto le viene del exterior. No creerá las palabras del político que le promete el oro y el moro, pero tampoco podrá fiarse del tendero que le sirve unos tomates quizá regados con aguas fecales, ni del panadero que ha podido usar levadura de mala calidad. Una permanente nube de sospechas se cierne sobre él y le acompaña en su “sinvivir” allá donde vaya. El desconfiado piensa que los demás fingen en su presencia, que murmuran de él a sus espaldas o que, cuando le hacen regalos o le brindan palabras amables, lo hacen con alguna intención oculta. Para él siempre hay un gato encerrado que le impide ver las cosas con tranquilidad y vivirlas alegremente.

Pero al mismo tiempo las relaciones humanas se sustentan en la confianza e incluso en la fé ciega. Sólo creyendo en la rectitud de los demás, en sus buenas intenciones, en la responsabilidad con que asumen su correspondiente papel, es posible vivir en sociedad. Posiblemente se trata de una confianza irracional basada en creencias infundadas. Tal vez nos aferramos a ella por rutina o por comodidad mental, pero lo cierto es que sin esa especie de consenso se vendría abajo todo nuestro andamiaje social.

Del ¿Potencial enemigo?

La susceptibilidad paranoide del que “no se fía ni de su propia sombra” tiene, pues, un origen no sólo racional, sino digno de reconocimiento. Ocurre que esa persona se ha parado a pensar y ha descubierto que la trama de confianzas recíprocas carece de fundamento lógico o, por lo menos, debe ponerse en cuestión. Sabe que cuando depositamos la confianza en nuestra comunidad, en nuestros familiares y en nuestros compañeros de oficina, lo hacemos más por necesidad que por comprobación. La reflexión del paranoico le ha llevado a un razonamiento nada descabellado: cualquiera de quienes nos rodean es un potencial enemigo que en el momento menos pensado nos “la puede dar con queso“, de manera que hay que andar ojo avizor.

A partir de ese punto el receloso tiende a concatenar nuevos razonamientos que le conducen a conclusiones desmesuradas. De entrada, clasifica a los otros en dos grupos: los dignos de confianza -pocos, o ninguno- y los confabulados contra él, que esperan a que baje la guardia para asestarle sus golpes. Este prejuicio no tarda en convertirse para él en dogma incontrovertible; entonces la pendiente paranoide se acentúa y los pensamientos suspicaces adquieren rango de fantasmagorías delirantes. Todo son complots, traiciones e infidelidades; no hay nadie que no pretenda darle gato por liebre.

El cortejo de consecuencias ocasionadas por esta actitud es ilimitado. En los casos más moderados, los desconfiados evitan la intimidad (para no abrir nuevos flancos al ataque de sus enemigos), se mantienen en una actitud de tensión permanente (para identificar a potenciales agresores y poder contraatacarles), toman nota precisa de todos los agravios, ofensas, humillaciones y daños padecidos (el rencor es la principal compañía de la desconfianza) y sobrevaloran sus razonamientos y sus análisis al tiempo que desprecian las percepciones más amables y menos alarmistas que los demás se hacen acerca de la realidad.

Cuando la paranoia se agudiza, el estado de alerta se convierte en manifiesta hostilidad. El recuerdo de los agravios queda magnificado y pide a gritos la reacción de venganza. El desconfiado concatena hechos que no guardan relación alguna entre sí mediante la aplastante lógica del complot tramado en su contra hasta caer en la manía persecutoria. Su intolerancia a las críticas le ciega encerrándolo en la soberbia, la arrogancia y el sarcasmo.

¡Al desgaste de energías!

Todos hemos desconfiado de alguien alguna vez, y seguramente con motivo. Pero también hemos vivido la experiencia de esos malentendidos de los que, una vez resueltos, salimos avergonzados por haber juzgado mal a otra persona o haber sido injustos con ella.

El enorme desgaste de energías que supone mantenerse en la suspicacia, en el ajuste de cuentas, en la búsqueda de pruebas que confirmen nuestras precauciones y nuestros temores, no compensa al lado de una actitud más indulgente, sociable y confiada.

Pues, como sentenció Voltaire, «el que sospecha invita a traicionarlo». Y es que pensar bien podrá, a veces, ser un error, pero ahorra preocupaciones.

Publicación original by Antonio Fuentes, 6 de Octubre de 2007, en su antiguo blog “Las personas en primer lugar”

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Autor:

Lcdo. en Filosofía y Ciencias de la Educación-Sección Psicología (especialidades Clínica y Social), Master en Gestión de Recursos Humanos, Diplomado en Test de Rorschach, Consultor, formador y coacher para el Desarrollo Personal y/o Profesional: Enfoque desde la Psicología Sistémica.

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